Por Milagros Prado.
La consigna detrás de “Girlboss”, la nueva serie del gigante del streaming Netflix, y
seguro el nuevo binge de más de un
fanático, es mostrar a la mujer al frente de un negocio exitoso. En 13
capítulos de 25 minutos se apostó por un formato de comedia clásico
estadounidense.
La historia es una adaptación bastante libre
del libro del mismo nombre sobre Sophia Amoruso. La joven de 23 años, oriunda de
San Francisco y con pocas ganas de trabajar crea Nasty Gal, un sitio de venta
de ropa vieja de diseño aprovechando el crecimiento de EBay.
Atrevida y hasta por momentos mal hablada,
“Girlboss” no es una serie color de rosa. Su objetivo es dar una muestra de
poder femenino y un ejemplo de emprendedurismo. “Subestimame que me gusta”, le
grita al vendedor de una tienda de ropa usada
Sophia Marlowe cuando le dice que ella nunca va a poder dirigir un negocio.
Sin embargo, más allá de sus buenas
intenciones de posicionar a la mujer en un lugar de poder, la protagonista es
egocéntrica y busca ganar dinero fácil. Evita el esfuerzo y la dedicación. Por
ejemplo, cuando decide comenzar su emprendimiento, acababa de ser despedida de
su último trabajo por desatender a los clientes durante el horario laboral.
Lo entretenido de la serie radica en su humor
ácido, formado por el uso habitual del sarcasmo y la ironía. La protagonista no
es una chica buena, muestra su carácter y lucha por sus principios y
convicciones (sean correctos o no). A veces, esto suele generar saturación y
cansancio, por lo que pierde su intención cómica.
“Girlboss” deja una mezcla contradictoria de
sensaciones: por un lado cuenta la forma en la que una joven del siglo XXI
descubre quién es y cómo armar su negocio multimillonario. Por el otro, la
serie se vuelve reiterativa mostrando el carácter rebelde e independiente de su
protagonista. Los momentos mejor logrados se vuelven aquellos en los que se puede
ver detrás de toda la dureza, una Shopia emocional y vulnerable.
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