martes, 22 de diciembre de 2015

La perdurabilidad de un clásico


Por Gabriela Fabbro.

En el año 2006, publiqué un libro sobre la trayectoria de Mirtha Legrand en el cine y la televisión argentina. Llevaba como subtítulo: la perdurabilidad de un clásico. Era el recorrido de una trayectoria que se estaba terminando. Nunca pensé que casi diez años después estaría escribiendo sobre el mismo tema y sobre su continuidad en la televisión local. 

Comenzada su carrera en la época de oro del cine argentino, con su primera película en la cual no fue protagonista, y acompañando nada menos que a Niní Marshall, Mirtha fue conocida a partir de Hay que educar a Niní, filme de 1940. Un año después, siendo muy joven, protagoniza Los martes, orquídeas, un clásico  nacional basado en un excelente guión de la tradicional dupla de la época Sixto Pondal Ríos y Carlos Olivari. 

Treinta y seis películas a lo largo de toda su filmografía mostraron a una excelente comediante y a una actriz con muy buen dominio del melodrama. En 1958 comienza a incursionar, junto a su hermana gemela, en la televisión, ámbito en el que en 1968 estrenará sus famosos almuerzos con famosos. Una fórmula inédita que aún perdura y es caso único en la historia de la televisión mundial. 

Con algunos años en pantallas alternativas o con cortos períodos fuera de ella, Mirtha terminó el fin de semana pasado la temporada Nº 47 de sus almuerzos y sus tres años de programas en fin de semana, con la ¿nueva? propuesta de La noche de Mirtha

El rating fue el compañero de estos últimos años, basados en una Mirtha que se animó a decir lo que piensa, a jugarse por sus ideales políticos, y a intentar traer cada día a su mesa, personajes que enriquezcan la pantalla. Con excepciones claro, de los invitados “necesarios” ya sea por imposición natural del canal o del momento, especialmente llevados a los almuerzos de los domingos. 

Las cenas de los sábados se caracterizaron por propuestas de debate y seria discusión, con temáticas profundas, y a las cuales ningún político quiso faltar. La noche de Mirtha se transformó en una plataforma de discusión de ideas, de darse a conocer por parte de los candidatos y la ocasión para que el electo presidente asista a un programa de TV apenas elegido. 

Con lucidez, dominio del diálogo, con sus inevitables interrupciones, pero demostrando su preparación de los temas por tratar y recordando la información necesaria, brindó los espacios para que todos dialoguen. Mirtha Legrand sigue ratificando que los clásicos perduran, y su riqueza está en haberse convertido en una cita obligada en la televisión argentina. 


Admirable carrera, ejemplo de vigencia y entusiasmante caso de estudio. ¿Llegará al medio siglo de los almuerzos? Por lo pronto, Mar del Plata, ya la espera, como todos los veranos. El clásico sigue vigente.

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